La Cruz presidió los hechos del 9 de Julio de 1816

No se puede celebrar la Independencia de nuestra Patria sin tener en cuenta lo sucedido inmediatamente antes, durante y después del 25 de Mayo de 1810 y sin tener en cuenta, además, el deseo del Padre de la Patria, el General Don José de San Martín, de que se declarara cuanto antes la Independencia en el Congreso de Tucumán –con la expresa indicación de que no se tocase la Religión Católica[1]-, pues veía, con claridad profética, cómo los enemigos de la Patria –los internos y los externos- querían repartirse sus despojos aún antes de haber esta nacido.

Para 1816, urgía declarar la Independencia, pues los enemigos de la Patria, que actuaban desde adentro y desde afuera, no habían sido conjurados, y eran los mismos enemigos que en 1810 pretendían repartirse sus despojos, así como los piratas se reparten entre sí un mal habido botín. Dice así un autor: “Inaugurado el período de la Asamblea del Año XIII, (1812 a 1815), si bien se decretan fundamentales  libertades  civiles,  los alvearistas, sujetos a la tutela inglesa, postergan el grito de independencia a fin de no comprometer sus designios de política internacional antinapoleónica. Es época de sucesivas misiones diplomáticas  ante la Corona Inglesa y sus representantes. Así, una carta de Alvear, entregada por Manuel José García al representante británico en Río de Janeiro y al  ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra, suplicaba ignominiosamente: “En estas circunstancias solamente la generosa nación británica puede poner un remedio eficaz a tantos males, acogiendo en sus brazos estas provincias que obedecerán a su gobierno y recibirán sus leyes con el mayor placer…Estas provincias desean pertenecer a Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y la buena fe del pueblo inglés y  yo estoy dispuesto a sostener tan justa solicitud para librarla de los males que la afligen. Es necesario que se aprovechen los momentos, que vengan tropas que impongan  a los genios díscolos y un jefe autorizado que empiece a dar al país las formas que sean del beneplácito del rey y de la Nación”[2].

Consciente de los gravísimos peligros que acechaban a la Patria, y declarando a los enemigos internos, los liberales, como “hombres infernales”, el Padre de la Patria, San Martín, animará, en abril de 1816, a los congresales reunidos en Tucumán, a dar el gran paso de declarar la Independencia, es decir, de cristalizar lo comenzado en 1810, de esta manera: “¡Hasta cuándo esperaremos a declarar nuestra independencia! ¡No le parece a Usted una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y cocarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos! ¿Qué nos falta más que decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender cuando estamos a pupilo? Los enemigos, y con mucha razón, nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos… ¡Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas!”[3].

Los dos deseos del Padre de la Patria –la Declaración de la Independencia y el mantenimiento de la Religión Católica- se verán colmados con creces en el Congreso de Tucumán, porque la Independencia de la Nación Argentina se declaró a los pies del Cristo de los Congresales, con lo que se puede afirmar, que el nacimiento y la unidad de la Nación Argentina fueron sellados con la Sangre del Redentor, Nuestro Señor Jesucristo. No fue una casualidad que el Cristo de los Congresales presidiera la firma de la Declaración de la Independencia de la Nación Argentina, ni que 13 de sus congresales fueran sacerdotes: Nuestro Señor intervenía en la historia de nuestra Patria naciente, para sellar, con la Sangre de su cruz, tanto el nacimiento como la unidad de la Nación Argentina.

Ya en 1810, el Padre Castañeda se había expresado acerca del origen providencial y divino de la independencia política –aunque no religiosa ni cultural- de España -por lo que el Congreso del 9 de Julio de 1816 venía a ser la cristalización del noble gesto del 25 de Mayo de 1810, de adhesión filial a la corona española, pero al mismo tiempo, de asunción del gobierno autónomo por parte del pueblo soberano del Virreinato-; por lo tanto, si como dijo el Padre Castañeda, “la obra del 25 de Mayo no fue obra nuestra, sino de Dios”[4], también podemos decir que la obra del 9 de Julio de 1816, no fue obra nuestra, sino de Jesucristo, porque la firma de la Independencia se realizó a los pies de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo: fue el Cristo de los Congresales quien presidió el nacimiento de la Nueva Nación Argentina el 9 de Julio de 1816.

Hoy, cuando la Patria atraviesa gravísimos momentos, pues se encuentra acechada por quienes buscan demoler sus cimientos, profanándola a diario con espectáculos soeces e innobles[5] e implementando leyes inicuas[6] y contrarias a la naturaleza[7], degradando sus aniversarios –que, por ser patrios, son sagrados- a mezquinos y extemporáneos mítines políticos, resulta imperioso elevar los ojos y el corazón hacia el Cristo de los Congresales, para que su Sangre, la misma Sangre que selló el nacimiento y la unidad de nuestra Nación, sea la que no solo nos purifique y nos libre de todo mal, sino la que eleve, a todos los argentinos, a los más altos grados de santidad y la que conceda, a nuestra Patria, el don de la paz, de la justicia, del bien, de la verdad, de la fraternidad, dones que solo provienen del Ser trinitario divino.

[1] Meses antes, el 26 de enero de 1816, escribía a Godoy Cruz, congresal de Tucumán, insistiendo en la necesidad de declarar prontamente la independencia; en cambio, con respecto a la forma de gobierno, sólo le preocupa que el sistema adoptado no manifieste “tendencia a destruir Nuestra Religión”. Cfr. Aníbal A. Rottjer, La Masonería en la Argentina y en el mundo, Editorial Nuevo Orden, Buenos Aires5, 409.

[2] Cfr. Susana Cosettinni de Talvo; http://www.crucedelosandes.com.ar/declaracion.asp

[3] http://www.crucedelosandes.com.ar/declaracion.asp

[4] Cfr. Guillermo Furlong, Fray Francisco de Paula Castañeda. Un testigo de la Patria naciente, Ediciones Castañeda, 1994, 381-382.

[5] Cfr. el innoble espectáculo en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA; cfr.http://www.infobae.com/2015/07/01/1739029-polemica-un-show-sadomasoquista-la-uba; http://www.minutouno.com/notas/1275660-la-embajada-espanola-financio-las-activistas-del-posporno-la-uba.

[6] Guía de Abortos no punibles; cfr. http://www.argentinosalerta.org/content/alerta-rechaza-guia-abortista-de-ministerio-salud; ley de la eutanasia; cfr. http://www.infobae.com/2015/07/07/1740203-la-corte-suprema-reconocio-el-derecho-todo-paciente-decidir-su-muerte-digna

[7] Ley de identidad de género.

Del Blog: Patria Santa

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